Hoy quiero contarte algo que viví cuando pasé de mi trabajo corporativo a tener mi propio negocio: me convertí en la peor jefa que había tenido nunca.
No estoy muy orgullosa de admitirlo, pero lo cierto es que no era siquiera consciente.
Si me preguntabas en aquel momento, me estaba esforzando por sacar mi negocio adelante. Así que todo tenía su explicación y estaba perfectamente justificado.
Me levantaba muy temprano para aprovechar el silencio de la casa y poder avanzar trabajo mientras desayunaba antes de despertar a las niñas.
Me exigía hacerlo todo yo misma, para no delegar nada y así funcionar de una manera “liviana y flexible”.
Me apuntaba a cuanta colaboración me proponían para no decir que no, por miedo a perder oportunidades.
Incluso durante casi un año fui un día a la semana a uno de esos clubs de negocios de las 6 de la mañana. Mi marido les llamaba “la secta” (y razones no le faltaban).
En general, reaccionaba bastante a lo que surgiera cada día. Así que mis clientas, mis hijas y el mundo en general me marcaban el ritmo.
No paraba pero, por más que me esforzaba, la mayoría de los días acababa con una sensación de frustración tremenda. Porque no sentía que estuviera llegando a eso que me exigía y mi lista de pendientes en vez de achicarse, crecía.
Lo peor es que trabajaba todas las horas que podía pero con menos recompensa que cuando tenía un empleo fijo.
Con los años tener mi propio negocio, ese que tanto había soñado y que había creado teóricamente para ganar libertad, me llevó directamente al burnout.
Y a la taquicardia.
El principio del cambio
Recuerdo situaciones concretas en las que empecé a hacer los primeros “clics”.
Una de ellas fue mi visita al cardiólogo. Pedí consulta porque no me gusta tomar medicamentos pero la Valeriana no me hacía efecto, así que pensé que ya necesitaba ayuda de un especialista para calmar de una vez aquella taquicardia.
Para que te hagas una idea, “tranquila” es seguramente la palabra que más se repetiría si le pides a mis amigos que me describan. Esta forma de ser es justamente la que siempre me ha ayudado a trabajar bien bajo situaciones de estrés. Por eso aquello me preocupaba y me resultaba, como mínimo, llamativo.
Aquel hombre fue un sol. Más que de cardiólogo me hizo de psicólogo. Me desahogué con él, le expliqué que tenía un negocio, una bebé de un año, su hermanita de cuatro y básicamente le conté mi vida.
Después de todos los estudios y la charla con el médico, salí de aquella consulta con dos conclusiones claras: la primera es que mi salud cardiovascular estaba estupendísima. Y la segunda es que necesitaba bajar la autoexigencia y aprender a priorizar (y priorizarme).
Hay que decir que tengo la ventaja de ser bastante analítica y reflexiva. Así que hice uso de mi esencia y fui saliendo de aquella situación poquito a poco, muy a mi manera.
Años después me topé con el concepto de Slow Business y me di cuenta de que, sin saberlo, lo había empezado a aplicar al pie de la letra.
Negocios con (c)alma
Para llevarlo a mi terreno, traduje la filosofía de Slow Business como tener un Negocio con (c)alma. Eso, para mi, implica diseñar, gestionar y hacer crecer mi negocio de una manera más consciente y respetuosa con mi forma de ser, mi realidad y con lo que busco de verdad siendo emprendedora.
Al fin y al cabo, somos las dueñas del negocio. Las arquitectas. Y eso nos da completo poder para diseñarlo de forma que esté alineado con nuestra visión personal y profesional. Para hacer que el negocio esté al servicio de la vida que queremos tener, y no nuestra vida al servicio del negocio.
Quizá la palabra (c)alma pueda confundir, aunque para mi no significa “fluir” o ir despacio. Al contrario. Significa avanzar con conciencia e intención, sabiendo que cada acción que tomo en el negocio tiene sentido y me conduce a lo que yo defino como éxito.
Es una forma de hacer distinto, más equilibrada y más sostenible para mí.
Rentabilidad, impacto y disfrute
Con el tiempo entendí que mi objetivo no era llegar a un número de facturación récord, sino crear un negocio que me diera libertad y tranquilidad, no que me la quitara.
No me malinterpretes: soy consciente de que la libertad y la tranquilidad están directamente relacionadas con la rentabilidad y la salud financiera del negocio. Por eso me planteo objetivos económicos ambiciosos y trabajo para alcanzarlos y superarlos. Pero aprendí que es tan importante el número final de ganancias del ejercicio como el cómo llego a esa cifra.
Todavía me chirría cuando alguien asocia como sinónimos el éxito y “facturar X cifras”. No porque una cifra determinada de facturación no sea un objetivo válido, sino porque se asocie el éxito solo a eso, olvidando por completo a la persona que lidera ese negocio.
Siempre digo que hay tantas versiones de éxito como emprendedoras somos sobre la faz de la tierra. Y todas esas versiones son igual de válidas.
La mía es una combinación de rentabilidad, impacto y disfrute, sin que una cosa implique sacrificar la otra.
Qué cambió con el nuevo enfoque
Te cuento algunos ejemplos concretos de cómo cambió mi realidad y mi negocio cuando empecé a transformarlo en un Negocio con (c)alma:
Antes decía que sí a todo. Ahora evalúo en qué implicarme y qué acciones me aportan valor real. Tengo mi versión de éxito escrita al detalle en mi Notion, así que priorizo todo lo que me acerca a ella y lo que mueve la aguja en el negocio. Lo que no, lo rechazo educadamente y sin ningún tipo de culpa.
Antes me marcaba 12 objetivos al año. Ahora son entre 3 y 5, no más. Pero son más ambiciosos y con más impacto a largo plazo. Incluso creo que ahora soy mucho más ambiciosa que antes, solo que desde una perspectiva diferente.
Antes hacía todo yo misma. Ahora antes de lanzarme a hacer algo reviso si necesito hacerlo yo realmente o puedo delegarlo. Por más contraintuitivo que parezca, delegar ha incrementado mi rentabilidad (y ha elevado el nivel de mi trabajo).
Antes las vacaciones eran un mix entre ganas y nervios porque cuando yo me iba la facturación se paraba. Ahora tengo sistemas de trabajo diseñados para poder ser delegables. Y eso me ayudó a desconectar al 100% en las vacaciones de los últimos años mientras el negocio sigue facturando.
Antes reaccionaba demasiado a lo que surgía. Cualquier cosa interrumpía mis planes y pasaba por delante. Ahora tengo un plan hecho a consciencia que respeto como prioritario y me sirve de criterio y de hoja de ruta. Además de rutinas y límites que me protegen a mí y a mí negocio. Creo que son de las cosas que más bienestar y resultados me han aportado.
En general, todo mi negocio se contagió de un aire más intencional, calmado y disfrutable. Desde los procesos para organizar los eventos de mi estudio hasta mi manera de hacer marketing, los canales de visibilidad que escojo o los proyectos internos que hago a lo largo del año. Todo se impregnó de esta manera de hacer menos, pero mejor.
Por dónde empezar, si te apetece probar
Si la idea de llevar tu proyecto hacia una filosofía de Negocio con (c)alma te resuena, te comparto algunos puntos de partida. Son los que me han funcionado a mí.
1. Declara tu propia versión de éxito. Genuina y auténtica. Teniendo cuidado con los “debería”, las expectativas ajenas, la inercia del mercado o lo que hace tu competencia y parece que tenga que ser también tu próximo paso. Apaga el ruido de afuera todo lo que puedas y mira solo hacia adentro. De verdad, ¿qué sería tener éxito para ti?
2. Planifica y prioriza como una forma de autocuidado. A muchas emprendedoras la planificación les suena a rigidez, a un límite para la creatividad. Si es tu caso, te invito a verla desde otra perspectiva. Diseñar el plan de acción de mi negocio se volvió un ritual de autocuidado literal. Comprobé que solo planificando y priorizando diferente podía combatir esa frustración por no avanzar o no llegar a todo. Pero ojo, no desde la rigidez y la autoexigencia, sino desde la consciencia de cómo quiero usar mi tiempo y mi energía, y cómo no.
3. Diseña cada día con intención. Me aficioné a empezar los días escribiendo un journal, sin un formato definido. Escribo lo que me sale: algunos días es agradecer, otros es bajar ideas al papel, hacer esquemas... Me ayuda a bajar muchísimo el ruido mental. También uso Google Calendar y bloqueo tiempo para cada cosa, incluidas las comidas de cada mediodía con mis hijas o llevarlas a sus extraescolares, aunque sean cosas obvias que ya sé que haré. ¿Por qué las apunto entonces? Porque ese espacio NO está disponible. Y así mi calendario refleja el tiempo real que tengo cada día para agendar las tareas clave que me harán avanzar.
4. Reserva un ratito semanal para mirar tu negocio con perspectiva CEO. Aunque sean 30 minutos. Sal de la atención a clientes, los presupuestos, la publicación de contenidos, lo que sea. Deja lo operativo a un lado y ponte el sombrero de CEO para ver el negocio desde más arriba. ¿Cómo lo ves? ¿Hay cosas que podrías hacer de forma diferente o más fácil? ¿Cosas que no te están aportando nada en realidad? A veces en esos ratitos aparecen muchas respuestas.
Ojalá estas reflexiones te inspiren y te ayuden para elegir un ritmo que os siente bien, a tu negocio y a ti.
Un abrazo fuerte y nos leemos pronto,
Silvana





